viernes, 20 de noviembre de 2015

El problema francés con las relaciones entre política y religión

Ahora que veo los informes sobre los autores de los ataques en el Bataclán de París valdría la pena insistir en que además de que el Islam tiene un serio problema de definición de su teología política, el Estado francés y el belga tienen serios problemas en términos de su política de relaciones Estado-confesiones religiosas.
Todo indica (o al menos eso me parece) que no sólo se bombardeó al Bataclán. También se dinamitó y hundió la política de laicidad extrema del Estado francés. Lo que emerge de las fichas de los jóvenes franceses y belgas que participan en atentados terroristas en Europa y Oriente Medio no es sólo el olor a pólvora, ni los excesos del Islam político, es también la incapacidad de Francia para lidiar con las religiones.
Al catolicismo y otras confesiones cristianas que en algún momento de la historia fueron importantes en Francia, como los hugonotes (calvinistas) los "aplacaron" haciéndolos políticamente irrelevantes y metiendo a la religión a las sacristías. Con el Islam no ha sido tan fácil en primer lugar porque objetivamente Francia (y Bélgica) tienen un problema muy serio para integrar a las minorías étnicas y religiosas. No basta con llenar las alineaciones de los equipos nacionales de futbol para lograrlo. Es necesaria una política efectivamente incluyente que reconozca que las personas (al menos algunas) desean practicar alguna religión y que ese hecho tiene consecuencias políticas inescapables.
Creo que los Estados europeos que efectivamente ha entendido qué implica lidiar con la pluralidad religiosa sin anular u hostigar a la práctica religiosa (como hizo Francia durante buena parte del siglo XX), han sido Alemania y Holanda.
Alemania ha podido ser más eficaz en su combate al extremismo porque lejos de impedir las expresiones públicas de las convicciones religiosas las alienta. En el caso de los musulmanes de origen turco, por ejemplo, Alemania paga la formación religiosa de imanes que atiendan las necesidades de los turcos musulmanes, de la misma manera que lo ha hecho con los católicos, luteranos y calvinistas.
La posición francesa en materia de expresiones públicas y de las convicciones religiosas y, en general, de las relaciones entre el Estado y las organizaciones religiosas, ha sido una versión menos bestia de los dogmas de la fase jacobina de la Revolución Francesa, pero sigue siendo básicamente eso: una imposición de una laicidad que implica la negación de lo religioso.
No creo que Francia esté dispuesta a ver al norte y apreciar cómo han resuelto el dilema de la pluralidad religiosa en Alemania y Holanda, porque la posición francesa en estos temas suele ser muy ciega y arrogante, pero no pueden decir que no haya ejemplos de cómo evitar la proliferación del Islam radical.
Incluso el caso de Estados Unidos me parece que ofrece un mejor ejemplo de cómo lidiar, de manera incluyente, con la pluralidad religiosa y evitar, de esa forma, la violencia verbal que suele emerger cuando existen grandes grupos de personas que, además de tener pocas o ninguna oportunidad de desarrollo económico, también deben vivir en la permanente negación de sus convicciones religiosas en el ámbito público.

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